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Ayer, María estaba hechizada por la magia de la música. Las notas musicales brotaban de su cuarto con ímpetus de dioses recién fabricados.
“Soñé que desvestía mi cuerpo frente al sol/
y que aluviones de ternuras me besaban/
Soñé que una musa posaba en mis sentidos/
Soñé contigo/
Contigo desnudo frente al sol, Andrés.../”



Así cantaba María por la mañana. De su rostro fluía un rayo de luz cristalino cada vez que sus labios emitían los sonidos de las letras.

Pero le dije que no, doctor. Que yo no podía hacer el amor con él mientras no recibiera la aprobación de los dioses.

El doctor tomaba notas sin mirar la hoja de papel. Su visión estaba fijada en las expresiones enigmáticas reflejadas en el rostro de María.

-Dieciséis años de amores es tiempo suficiente para decidir matrimoniarse.


LOS SUEÑOS DE MARIA
ecuador ardiente
De nuevo el ritual de la música poseía sus impulsos. María contorneaba su cuerpo rechoncho, expelía pulsaciones infinitas de aire e invadía la geografía con su voz.


“Yo te miré a través del cristal/
Y un susurro de ternura poseyó mis entrañas/
Aunque las dudas se imponían/
Mi cuerpo frente al sol se descubría, Andrés.../”

Su canción invocaba la sublimación de la inocencia. Su rostro adquiría categoría de adolescente. Vibraban los resortes de los músculos de su cara.

-‘Pero Andrés no parece estar interesado en el matrimonio, doctor. Estoy cansada de esperar. La vejez alcanzó mi cuerpo sin experimentar los placeres de los sentidos.

El doctor continuaba reflexivo. Sentada, María reproducía los quehaceres de los espíritus que perturbaban sus humores. Su ánimo ese día era maniático. Ella exageraba la comunicación verbal de sus fantasías alucinantes.

-Hoy se ve feliz, María-, dijo el doctor.

Pero ella no escuchó el halago. Estaba inmersa en sus sueños amorosos. Los dioses del amor la poseían.

-Yo sé que él me quiere”, comentó en voz baja.

Entonces los reflejos de su alucinación delirante regresaron revitalizados.

“Cuando al fin me desnudé/
las fobias hacia mi cuerpo me vencieron/
y no pude abrazarte, Andrés.../”


“te quiero hasta la muerte
Al pronunciar su nombre, los gestos musicales se paralizaron. María cayó en estado de melancolía profunda. Los músculos de su cuerpo se tornaron tensos y rígidos..
Por los pequeños orificios de su mente empezaron a circular los dieciséis años de amores. Todos los encuentros frustrados, las lluvias debajo del árbol confesor, los papeles envejecidos con las notas amorosas, los sueños húmedos de amor medio realizado, el tiempo empapelado en el pensamiento y las emociones y las palabras reiteradas de los “te quiero hasta la muerte”.
-El me quiere, doctor. Pero él es un niño temeroso de mi cuerpo. ¿Qué piensa usted de mi cuerpo, doctor? ¿Por qué Andrés le teme a mi cuerpo?

El doctor estaba demasiado ocupado tomando notas. Los cuarenta y cinco minutos terminaron y la sesión se consumó con ellos.

-Tómate esas pastillas dos veces al día. Una en la mañana y la otra a la hora de acostarte”, dijo el doctor.

-Doctor, ¿usted cree que él me quiere?

-Seguro que él te quiere, María. Te veo en quince días a la misma hora. No olvides tus pastillas.

Cuando salía de la oficina, María recordó la porción final de su sueño.

-Doctor, yo lo forcé para que hiciéramos el amor. ¿Cree usted que aún me quiera? Esperé dieciséis años y ya tengo cuarenta y tres. Estoy feliz, doctor. No voy a morirme con la virginidad en el cuerpo.

El doctor sonrió. Le dijo adiós y escribió en su record: “Conflicto sexual resuelto con sueños eróticos”.

María se alejó sonriente.

De su cuerpo surgía una música que inundaba el edificio de romances delirantes. Cuando María despertó de su sueño con pesadillas delirantes, tenía sus manos colocadas sobre su órgano sexual y un rayo de luz solar cubría su rostro sudoroso.
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(Del libro “Los Reinos de la Ternura-Relatos cortos”-Por Héctor Williams Zorrilla
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