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HECTOR CEDIEL
 
Leer otras cartas de amor

Con la voluntad de un corazón heroico, intento construir con versos un mundo de fantasía, en donde sobrevivir a este absurdo holocausto. Aprendí que es más fácil llorar camuflados entre un zarzal de versos, porque nadie nos ve, ni puede expresarnos lástima.

Vivimos lo que teníamos que vivir, bajo las sombras de nuestros destinos. A veces pienso que ni siquiera Dios, es el mismo para todos. A veces me siento en la soledad a hablar con mis pensamientos y algo de esos secretos sublimes, lo plasmo en versos. Me redime la oquedad y el bronce de mis sueños.
CARTAS PUESTAS EN EL BUZÓN DEL AZAR (y IV)
mundo de fantasía
A veces me despierto con las esculturas de los desnudos del mar. La belleza de las rocas talladas, son incandescentes como el hermoso veneno de las palabras en el sexo. Por tu belleza te he coronado como la Puta Reina de la Noche y en verdad, te lo has creído. Te necesito equidistante y bien cerca a veces, como el placer o una oportunidad suicida. Despistemos a las ilusiones esculpidas, por una baraja de falsas oportunidades.

Te entregas sin miedo como un ansiado plato fuerte o el fugaz entremés, donde se saborea y se muerde, hasta hacer sangrar al vino. Me sumerjo en el deseo de un viaje astral, como un trásfuga gato paria, que narra como todo ser viviente sus experiencias, sin pelos en los bigotes. Me siento como un insólito visionario a oxigenarme, ignorando a los miserables que se resignan, por no saber nada más que ejercer un absurdo y obsoleto sacerdocio. Los místicos más creíbles se esconden como el azafrán o la hierbabuena, entre sombras inalienables. Las piedras se sorprenden cuando les pregunto, sobre la realidad de la existencia de los tres mojones del triángulo.

Deseo polinizar sin albedrío con la amapola que provoca el redescubrirte como hembra. Me extasío cuando me desvisto, con las líneas de tu cuerpo y los pezones de tus misericordiosos pechos. Quiero que la carne viva el veneno ponzoñoso de la boca de mis arrumacos. Deseo inocular tu cuerpo, salvaje y hermoso, mientras aguardo el milagro, cual cenizas de la mañana. Los charcos del invierno reflejan, la luminosidad de mi insomne noche. Como un pirata imaginario, conjugo con tu entrepierna, hasta calmar la sed del deseo, arrancándole al diamante de la perla dorada, destellos de la lujuriosa testosterona, para un amor más profundo y complejo. Al principio el amor es explosivo, como la química de la monogámica vasopresina. Después de un maravilloso orgasmo, no deseo más ilusiones ni promesas con espejismos de un paraíso o un cielo que no son más que nebulosas. No deseo saber más de un dios con azhaimer o quizás, ya ha muerto. Ilumina la esencia de los suspiros que aspiras con tus besos. Escucha a la ideología trascendental de mis desvaríos. Tú eres la razón aterciopelada que se desliza dentro de la carne de mis versos. No me desnudo para ganar guerras, ni levito en las madrugadas, ignorando las tentaciones del chocolate de la “dolce vita”.
día de lluvia
El olor de la desdicha, me desespera. Me evaporo entre la lluvia, con el silencio del olvido y en compañía de los aciertos de algunos versos. Me refugio entre escombros y armo cadáveres exquisitos para soportar el tedio, mientras siguen cayendo bombas en algún lugar del mundo. No entiendo lo que llaman oportunidades o tierra fértil.
El dolor se refleja en el horizonte, como el arco iris que brota de la sangre de los vencedores y vencidos, caídos inútilmente en acción. La nieve crece como el crisol de una avalancha, arrasando los sentimientos sobre mi pecho herido por la diabólica nitroglicerina.

Respiro como un promiscuo satélite de insulina o un obsesivo dependiente, de la monótona diálisis. Cada letra es una molécula fragmentaria, de un espíritu desordenado que suda miedos. Aúllo como un pájaro desesperado, dentro del laberinto de los ecos sordos. Creo más en el poder de un áspid, que en la mano de Dios. Expreso verbos enardecidos, ante los absurdos impredecibles de una justicia paquidérmica, obsoleta y estéril. Me encrespan los grilletes imaginarios e intergalácticos. Los muertos que dejan las macabras tormentas humanas. Todos fingimos ser inmortales, pero nos camuflamos con sangre. Siento repugnancia hasta el borde del agua, cuando imagino a la desnudez mendigando un poquito de amor. Las garras del instinto apasionado de mí invernal octubre, fustiga el placer de mi equipaje erótico, como la ternura del cañaveral sobre el que nos revolcamos, como si fuese el arenal sobre el que nos balanceamos para engendrar un fruto primaveral.

Los espectros famélicos, se ensañan con los locos. La soledad más que una invención, es el candil de los fracasados. Siento más envidia que rabia por lucir harapos y morir escondiéndome del infortunio, como un escarabajo murte. He vivido burlándome de dios y de la muerte, pero he sobrevivido. Lloro por la destrucción irrefrenable de la tortura; por el dolor de los que se quedan, cuando desaparecen sus hijos y los sueños, quedan sin bandera. Reprimo a los cuervos por no ser transparentes. Cuando me sublevo e impaciento, lloro como el agua desolada. Cuando desahuciaron mi alma, me confabulé en el sexo. Soy un adicto al olvido, cuando me enzarzo con mi amada y nos confundimos en una sola sombra de desencantos. Mi carne llora y respira como el bronce o el cemento, cuando no puede retirar ilusiones del cajero automático. Dicen que vivo en rojo, pero aún me quedan cheques por llenar en la etiquetera de los desencantos. El reloj de los demonios se olvidó de mi nombre. Me río de la fe de mis mentiras y de las calles que han vivido mis agonías. Anoche me bebí como un horno 2 litros de whisky y escasamente se ahogaron, un par de maldecidas penas.

Cuídate de las serpientes murtes que acechan sigilosas, camufladas entre la locura pervertida que corroe al horizonte. Hay muchas monas malucas que hechizan con la mirada erguida de la sinvergüencería.


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