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HECTOR CEDIEL
 
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Sería una absurda necedad culpar de nuestros deslices a una cáscara de plátano. He dejado mi corazón a merced del viento marinero y en la cabeza de un juego de prendas; he visto como algunas lunas huyen de la realidad, dejando caer prendas a sus pies, para abrir nuevas brechas a la imaginación perdida. El honor es hoy, un poema sin título, un absurdo que anota los goles del viento.
A LOS BESOS DE UNA AMANTE (IV)
viento
He encontrado en el mar, botellas perdidas con poemas o cartas que narran absurdas historias de amor; la nueva vida con la que se identifican los jóvenes, en nada se parece a los regalos con los que nos seducen los ángeles. Me he embriagado con los mejores caldos de la poesía. He intentado producir el mejor vino, para vivir embriagado con mis versos. La poesía es un vino, sutilmente oloroso a campiña, a virgen, a mamita linda. Sé que escribiendo poesía, nunca abandonaré al paraíso.

Braceando casi agonizo; escasamente pude tomar un poco de aire, para llegar a duras penas a la orilla ¿del cielo o del infierno? ¡da lo mismo: calor o frío! Los amores imposibles siempre nos abandonan en el borde del abismo. Nunca conocí la carta de mi amiga suicida, quizás nunca la escribió, para evitarme remordimientos.

He aprendido tanto de mis escombros, que pregono como revelaciones divinas, sus enseñanzas a los ciegos. Mis textos son extensos como la línea de un suspiro. Mis ángeles moran en cuevas como los murciélagos y transcriben sin encender la luz, los versos que rescata de las cenizas, la espada. He vencido a los demonios e las tinieblas. He rescatado mi alma de la desesperanza. ¡Lástima que las oraciones se pierdan en el limbo, sin respuestas! Ahora siembro mis esperanzas en la tierra. La voz de la estafeta se pierde en un absurdo eco, cuando encuentra deshabitada el alma.

Todas las cosas deben tener un espíritu interior, una red de recuerdos, una colcha de lágrimas. Me siento desahuciado, deshabitado como un talego de ilusiones sin corazón. He sido una apocalíptica pesadilla y he pagado por culpa e la amnesia de Dios, más de dos veces con tormentos. La soberbia nos hunde en las metáforas del fin, en las tormentas bélicas de las soledades, en los números binarios que nos cosifican, en la tecnología que nos absorbe y en el sistema que nos borra con un insignificante clic. La verdad no dejará de ser un leve canto popular y el paraíso recuperado, un paraíso de perdición, un cuerpo para que se ejerciten nuestros sentidos.

Me encanta el placer desenfrenado que nos brindan os pecados capitales, los descarrilamientos y los naufragios, por culpa e la velocidad que lleva el mundo o nuestras vidas.
volando
Tenemos que aprender a razonar como los que concibieron el vuelo, a pesar e tener conciencia de que carecíamos de alas.
Nos hemos convertido en apocalípticos ángeles, avaros de lo material y con una insaciable sed de lo temporal. Nadie intenta ahora entrar al cielo; aunque con diezmos se intenta sobornar al cerrojo cancerbero. Pregono la era de los hombres pájaro y el gran triunfo del alma, sobre el destino murte del hombre mediocre.
El alcohol potencializa los viajes del alma por el paraíso o por el infierno, como los ángeles cuando desaparecen por un tiempo y dicen que estaban desarrollando fórmulas en el desierto.En una mujer accesorio, el alma nunca encontrará la paz.

A nadie fastidio con mi agonía, pero también sé que es imposible que el Sol se suicide, porque no es de carne, ni tiene sentimientos. Llevo las canciones de los ángeles de Nueva Orleáns en el corazón; pero he tapado con boleros las goteras e mi alma. He perdido la fe, por culpa de las catástrofes apocalípticas que veo y que han reducido a casi nada, la poca confianza que tenía en las oraciones.

Nos acostumbramos a navegar ríos de sangre, en tiempos absurdos que llamamos de paz. ¿Será que Dios nos castiga para perfeccionarnos, templando nuestras almas con fuego? Me encanta divagar por el papel, cantando el absurdo de las imágenes que se interpretan en el carnaval teatral de los tontos o en absurdas representaciones en público que no valen cinco centavos. Somos dos veces imbéciles, los tontos que no le pasamos una cuenta de cobro a los dirigentes que se eligieron. Todos nos imbecilizamos con absurdas parodias, que no son más que la burla de nosotros mismos; muchos terminamos enamorados de quimeras, otros de mujeres-vaca y otros, los que creyeron un día en el ratoncito Pérez, terminaron pedaleando y pedaleando, para creer que le estaban dando vueltas a la vida. Voy a adelantar mi reloj, para abandonar esta melancolía y despistar al infortunio. Me intrigan las razones y las respuestas, que encuentran los que intercambian de pareja. Sé que mi vida se podría reducir a un poema de pocos versos, pero ahora la literatura se paga por cuartillas. Un filósofo retórico siempre será más comercial.

Algún día conoceré, la Europa que ha imaginado mi corazón, ¡desafortunadamente la veré con otros ojos y con el sentir de un sobreviviente de la guerra! Intentaré publicar en reenvíos de Internet, hasta darme a conocer por este medio surrealista de editar. No voy a despedirme del tiempo perdido para siempre, ya que él me ha enseñado quién soy. Dudo de la escritura automática, que desconoce la técnica el tejido de punto o de la ingeniería de las telarañas. Escribir poesía es como improvisar trovas, cuando se le canta a la sangre de una rosa herida o a esas penas que zarpan sin voltearnos a mirar. No sé que más desean mis labios de la sangre del pan o del clamor de los labios madrigueras. Quiero bañar como el río a tu piel y echarme a dormir como una almohada, cubierto por tus cabellos. “Sé que no moriré de sed ni de viento”, canta el gallo de mi dulce amante, en un madrigal con ojeras, pero que no habla de matrimonio. ¡Casarnos: sería despedirnos del amor y la vida! El beso de una amante, siempre será el hermoso prólogo de un doloroso epílogo, en un solo suspiro sostenido, sin pestañas ni pensamientos.

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