Estás en > Mis repoelas > Colaboraciones

HECTOR CEDIEL
 
Leer partes anteriores de este relato

He suprimido los gritos y los gemidos de los presos políticos, porque todos debemos aprender a pelear de alguna forma nuestras guerras; nadie debe pelear las nuestras y solo los idiotas pelean las guerras de otros. Se me hizo absurdo escuchar testimonios de soldados que habían sido llevados casi como mercenarios a Irak, y no sabían ni hacia adonde iban a pelear, ni porque estaban peleando allí. ¿Será por eso, que ahora agonizan sin sueños los caminantes? Escribo con la ilusión de ver algún día un sueño hecho realidad, aunque no veo a ninguno sobre la berma de mi camino.

Agonizo descalzo, pisando de piedra en piedra, citando con el pecho a la cornamenta y a los ojos de las lanzas; por miedo a perderte, me aferro a los cabellos de tu recuerdo; así como otros lo hacen al miedo, cuando escuchan las trompetas de la guerra.
A LOS BESOS DE UNA AMANTE (III)
naufragio
¡Me marcho a navegar la tierra! ¡Quizás vuelva después de conocer la muerte! Detrás del burladero se esconde el miedo o la capa que nos conducirá a la suerte de varas y después, hacia la muerte. Eres un incansable río, una tontilla que no se fatiga de morir en el mar.

Yo soy aquel: ¡mar y alba! He llenado cuadernos con adefesios, transcribiendo desvelos y ejercicios e la lengua; adorada fiera, enamorada y amante de la rosa. ¡Nunca dejaré de buscar al mar, hasta encontrarlo! He escrito tantos versos, que ahora pienso que no vale la pena peder tiempo, pensando o seleccionando los válidos. Todos los versos son buenos o malos, según el momento. Para mí, los mejores versos fueron engendrados en los grandes amores; los otros pueden ser hermosos, pero siempre serán ligeros.

El miedo no siempre es un buen amigo; ayer me aculillé y no me fui a conocer la vida de la mano de una de esas mujeres de mundo, que el silencio de las madres tilda de tener demasiado mundo o kilometraje. He vivido una vida aburrida e infame. Nunca recibí una carta para ir a buscarla o nunca supe, si me las escondieron. Ella quería enseñarme que la vida es poesía y que los días se pueden convertir en estrofas. Me encantan los versos claroscuros, porque intentan restaurar la belleza límpida de los sentimientos primarios; la metamorfosis depende de los reactivos o de los acelerantes del tiempo.
rosa aterciopelada
Hay mujeres guapísimas que nos obligan a pasar por pruebas de fuego, como los deshumanizados morteros que le mezclan azul de metileno al azufre, para que aprendamos a distinguir las precipitaciones que nos pueden conducir al infierno.
Me burlo de las ínfulas de los narcisos y de las narcisas, que se corren como toros en las noches de riñas de gallos, cuando se arrodillan a adorar al dinero. La metamorfosis embarca en naves de fuego, a nuestros corazones de sandia. Una coma o un punto aparte, pudo salvar mi vida.
La palabra madrigal no me suena futurista, pero una carta de amor, si se puede transformar en una rosa. Se me olvidó hablar como los enamorados por teléfono y la última vez que lo hice, sentí vergüenza, porque no pude evitar el masturbarme, cuando me sentí comunicado con tu alma, con tu cuerpo, con tu piel. Me siento como un monigote confundido por la pasión y las formas del amor moderno. Las imágenes son más directas y menos poéticas; es como si las piernas no tuvieran que dejarle algo a la imaginación. Me fascinan los locos versos sinrazón de los tontos enamorados; esa sutil ingenuidad espiritual con la que se indispone la cordura lo los ohs y de las ahs, en el canto de las aleluyas de los dedos y de los besos. Conocí jovencitas suicidando lo mejor de su juventud, bajo mantos negros o sin atreverse a regalarle un minuto al amor.

Seguir leyendo el relato

Poemas de Hector Cediel:

POEMAS



Página publicada por: