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Poemas y Relatos de Delfina Acosta
 
EL CONTRATO
A Elisa, vestida de luto entero, como correspondía, pues venía de enterrar a su padre en el cementerio del pueblo, le llegó una anticipada alegría al golpear con la aldaba la puerta de su casa.

Escuchó ladrar a los perros. Sólo para oírlos, le venía el propósito de dar golpes y más golpes. Golpes de quien sabe que lo dejarán entrar porque la puerta se compadece (más tarde que temprano, pero se compadece) del mendigo, del vecino insomne, del forastero perdido en la noche de frío y de tormenta, cuando Zeus envía un rayo y el trueno empieza a galopar.
noche de tormenta
Siguió golpeando. Era como si la casa ladrara, dispuesta a clavar sus colmillos y sus alfileres en el desconocido que se atreviera a meter el polvo o el lodo de la calle en su recinto.

Con dos vueltas de llaves se introdujo en el interior; una vez que estuvo adentro empezó a sacarse el luto. Y el luto fue colgado de un colgadero de seis escarpias, doblado y guardado en un cajón de la cómoda, arrojado en una esquina, junto a otros zapatos, y convertido en una pequeña pelota al caer en la gaveta destinada a las medias de seda.

Al cerrar y guardar su abanico en el cajón de un viejo escritorio, no solamente cerró el despliegue de colores de la bailarina de flamenco con la mantilla de adelfas y rosas sobre sus hombros, y el chusco de camisa a lunares que rasgaba una guitarra, sino que también tuvo la sensación de haber cerrado todos sus suspiros.

Estaba sola, con sus treinta y nueve años, y aquellos muebles de porte antiguo que eran su suprema compañía. Por ejemplo aquel cuadro enorme, de firma borrosa, un poco inclinado y enfermo de humedad. En él se veía una casa blancuzca largando humo por la chimenea; un camino delgado pero impaciente, de tierra roja, parecía invitar al contemplador de ocasión para que se dejara llevar por él.
Ah..., dejarse llevar.

Elisa había observado una tarde que una mosca de alas ligeramente verdosas (la única, la misma de la sala), la mosca que acostumbraba pasear por las salvillas de oro y por los candelabros de plata, iba y venía por el cuadro, por la copa del solitario árbol del paisaje, por las tejuelas, por el humo azulado, casi lueñe, de la chimenea, por la firma ilegible del artista, y hasta por la pieza de madera pintada que hacía de marco, pero evitaba el camino.
la puerta
El cielo azulino, sí.

El camino de tierra roja, no.

Mas luego, resistiéndose a avanzar, intentando inútilmente levantar vuelo, luchando con estoicismo contra su destino de mosca en una vieja aunque valiosa obra de arte, fue por el camino que llevaba a la oscura puerta de la casa. Y ésta se la tragó.
El insecto había desaparecido.

Recordó haber contado la historia a su padre. Tomaban el mate de la mañana en el patio de los azafranes, y los perros se lamían las patas junto al brasero con aquella pereza animal que tiene cierto aire de realeza.

Algunas chispas de los carbones convertidos en brasas alcanzaban su rostro, sin embargo, ella no se daba cuenta. Sólo sabía que estaba contando a su padre la historia de la mosca, de aquel díptero atrapado y sometido a encierro por la misteriosa casa de la chimenea y el humo azulado.
Y a medida que hablaba, que redondeaba las frases, que intentaba buscar una explicación en torno al misterio, que recuperaba el aliento y volvía a contar, era como si la mosca buscara salir de aquel cuadro grande y húmedo por su boca.

Pero su padre no dijo nada. Sorbía la bombilla lentamente con una expresión lisa y ausente en la cara. Ella insistió, y mientras insistía escuchaba su voz tomando lentamente distancia de ella hasta que se le hacía cada vez más difícil y más enredado ir tras sus palabras.

Alguna vez nos ha pasado un susto mayúsculo, un hecho inexplicable, algo que hubiéramos deseado contar al instante a alguien que nos creyera en el momento. Pero luego, al contárselo a los demás, al tratar de conservar en su estado de huevo fresco la historia contra natura que nos ha tocado vivir, hemos sentido al cascarón rajarse lentamente y a la yema escurrirse por nuestros dedos, dejándolos sucios, viscosos, pegajosos.

Quienes nos escuchan, con la incredulidad y la confusión subidas a sus ojos ante nuestra expresión nerviosa, nos dejan en estado de vergüenza; caemos en la cuenta de que nuestros “confidentes” están a un paso de tratarnos de mentirosos y fabuladores. Finalmente, muy desorientados, ya ni sabemos si en realidad ocurrió o no “aquello” que empezamos contando con la voz inflada de pasión y de entusiasmo, y el rostro rojo, encendido, iluminado. Y nos damos por vencidos.

La casa y los muebles con cierto aire victoriano le pesaban a Elisa.

Observó su pierna coja, fruto y castigo de una polio mal curada. Miró sus viejos zapatos de charol, y así, en conocimiento de su pobreza, se puso a pensar. Cuánto pensó dentro de su pobreza.

Se le presentó en la mente la fiambrera vacía.

Observó el cofre sobre la mesa donde solía colocar las llaves de la casa y algunas monedas de níquel. ¿Habría tal vez algún dinero dentro de él? La posibilidad de encontrar monedas en esa caja con cerradura de bronce iluminó sus ojos verdes. Le vino el recuerdo de haberse levantado la noche anterior, durante el velorio, para guardar el cofre, temerosa de un robo; lo tomó, lo abrió, y su vaciedad le cayó con tristeza polvorienta sobre sus ojos.

Recordó que no había manteca, ni lentejas, ni arroz, ni sal, ni limones en el árbol del patio. Y para echar a rodar un castigo sobre la penosa situación, los perros la observaban fijamente, y ella se sentía culpable de sus grandes ojos fijos, hasta que no pudo más y les ordenó que se fueran al fondo a buscar un gato que no existía, gritando “¡¡¡michi, michi, michi!!!”.

Ah... Pero le vino a la memoria la figura del escribano Pablo Álvarez, un hombre flaco, de sombrero muy a propósito de la elegancia masculina, y de ojeras profundas, que parecía estar lejos de sus veintinueve años.

Dentro de dos días él vendría a su casa para quedarse a vivir bajo su techo definitivamente. Y ella tendría, conforme a las estrictas cláusulas del contrato, el dinero de la venta de su casa y de sus muebles.

Ocurre a veces, que cuando una mujer solitaria se vuelve anciana, se ve en la necesidad de ofrecer su vivienda a un extraño, con ella adentro, hasta que se muera.

La anciana en cuestión guarda el dinero de la venta para pagar sus gastos, que no son muchos, ciertamente, pues un guisado de judías sin sal o mandiocas fritas le caen bien, y las velas de cera son siempre demasiadas para alguien que se vale cuanto puede de la luz del crepúsculo para buscar broches, agujas, pinches, estampas religiosas y cosas perdidas, y el jabón es un lujo aparte porque la ropa que lleva puesta todavía le dura y le seguirá durando; además los lavados con jabón echan a perder las mangas y los puños de las prendas de vestir.

Es común que el comprador de la vivienda aguarde, para desligarse de una presencia incómoda, indeseable, propensa a las pústulas y a la tos nocturna, que la vieja muera pronto, cosa que casi nunca ocurre.

Elisa había vendido al escribano Pablo Álvarez su casa, sus muebles y de alguna manera, su propia persona, por una suma importante. El contrato estaba firmado. Hasta hicieron bromas ácidas.

“¿Quién de los dos morirá primero?”, dijo Elisa.

Y el escribano le deseó vida eterna, frotándose la risa con el dedo índice. Era un tic.

Selección de poemas de © Delfina Acosta, cedidos por deferencia de la autora, para la revista mis Repoelas:






La rosa dura ~:~ Enemigo ~:~ Cuarto azul ~:~ Estatua en la plaza verde

Pero tan contenta ~:~ Que no te pase a tí ~:~ Madame Bovary

Estalactítico ~:~ Dientes ~:~ El beso ~:~ Hades ~:~ Ropaje

Niño bello ~:~ Desolada




Que no te pase a ti ~:~ Madame Bobari ~:~ El contrato



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