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LAS CLASES QUE DICTAS

Era la humedad y la desolación.
La quietud reinaba en mi rostro y en mi alma.
Todo era distinto pero en mí reinaba la calma.
Difícil de creer o de soportarlo.

Y ahí estaba delante de mí misma
de mí y de pie.

Termino la hora.
Las tizas se quedaron mudas
y el pizarrón soñoliento, firme y de pie como yo.
Al terminar el día como yo se quedo solo.
Solo y relleno de palabras.
Marcadas en su cuerpo tan frágil pero tan poderoso
a veces y de repente, para muchos y para muy pocos

Poemas de Sonia Silvina Mailin
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