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HASTA EL ROCE DE UNA SIERRA

      Sólo te diré que ese otoño
      lo concebiste muy ventisco
      -me desclavaste de la tierra-.
      Además, a estas alturas,
      ya sabrás de sobra que
      no me importó
      porque en aquellos días
      hasta el roce de una sierra
      me hacía dichoso.
      Sabrás que fueron tiempos
      en los que la gente con la cual me codeaba
      se ponían como ejemplo a Georg Trakl.
      Estudiaban para como él,
      conseguir trabajo en una farmacia
      llamada “Zum WeiBen Engel
      Luego, ya vendría lo de la automedicación:
      ya llegarían los días de vender uno
      y meterse diez.
      Por añadidura, ya vendrían
      los vacíos abrazos de mármol
      de la “Victoria de Samotracia”.

RECUERDOS DE GUERRA

      Recuerdo una habitación
      de techos altos
      y suelo de madera pulido
      por millones de pasos.
      Recuerdo aquella bombona de oxígeno
      -casi tan alta como yo-
      que usurera te prestaba
      monedas de vida.
      Nunca olvidaré como le pagabas
      el impuesto revolucionario
      a la condenada silicosis.
      Nunca me arrebatarán, abuelo,
      las historias que me contabas
      de tus años de guerra.
      Aunque siempre adiviné
      que en aquellas historias imprimías
      pequeños retazos de exageración
      -como cuando me dijiste
      que habías pilotado un avión-.
      Hoy, paseando ante tu ausencia,
      un ruido en el cielo llamó mi atención.
      Levanté la cabeza,
      y te vi a ti, abuelo,
      a los mandos
      de un avión de combate.
 

JOSÉ IGNACIO PIDAL MONTES

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