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PRIMERO FUE EL OTOÑO


Primero fue el otoño cubriendo la obsidiana
de los parques vacíos.
Después, el hombre solo,
el hombre que camina de espaldas a la luz y nada dice
porque nada confiere mayor veracidad a su silencio
que el ruido de sus pasos.

Es el hombre que escribe
en la última página del libro de las horas,
el que intuye palabras
como pulpa o diadema o roca o víspera,
pero no las pronuncia.

Es el hombre dormido sobre un banco de piedra,
junto a las flores secas de los setos
y los vasos volcados
de la celebración.

Porque aquí está el origen, la razón de este otoño
que ahora deja sus hojas amarillas
en las proximidades del olvido.


La lentitud del agua, la apacible
certeza de las calles,
la soledad antigua de los pájaros,
la estatura de nieve con que ofrecen las horas
su lado inaccesible a las estatuas
de los héroes solares.

Nada puede esta tarde, ni siquiera estas aves,
sugerir otra cosa que la inmovilidad,
el tiempo que transcurre con las enredaderas
de la roca imantada,
con las evoluciones de la bruma.

Huyo de la desolación, de sus matices.
No pronuncio esta vez palabra alguna
que suscite tristeza. Espero sólo
que las primeras luces surgidas de esta lenta
dejación del invierno,
nos traigan la ternura de las frutas silvestres,
el gozo repentino de las hojas
proponiendo el deshielo.


Será que hemos vivido llenando la memoria
de paisajes idénticos, dejando que el dolor
cubriese lentamente todo aquello que fuimos,
nuestra historia más íntima.

Y aquí estamos ahora, viviendo en esta casa
cuya noche ignoramos.

Un edificio oculto por las rocas,
un animal sedente que devora las hojas de los setos
en la antigua ladera del alerce.

¿Qué dilata este espacio, qué estructura
cobija la mandrágora, el ungüento preciso?

(este poema es del poemario"La mirada apacible")
 

MATEMÁTICAS Y POESÍA: CASI TODO LO SUFICIENTE PARA VIVIR



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