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LOS NADADORES

 
1

La primera inmersión es la que cuenta,
quizá porque las otras
son apenas un eco en mitad de su origen:
aprender a nadar, con cuatro años,
es la reminiscencia apresurada
de su final de impulso, de exilio o de regreso
hacia el néctar amniótico.
Así extender los brazos
y dar una patada hacia delante, hacia un delante incierto,
en un magma templado
por un temblor desnudo en las rodillas,
tan sólo es una huida de nosotros,
de nuestro miedo público.
En el Parque Figueroa, nadar era jugar a ser de agua,
familiar y espumosa.
Luego, en el Club Albaida, nadar era dejar de ser de agua
para vencer la curva medular,
para buscar al hombre que anidaba
en aquella columna maleable.
Mi padre, entonces, cuando era un hombre joven
y en el pleno verano me arengaba a seguir esforzándome en la vida,
quizá ya descubrió que yo iba a ser de agua,
que había un sueño de sal detrás del cloro,
en todas las baldosas como un mosaico abstracto,
junto a aquellas rejillas con los barrotes anchos y muy turbios
en las que un niño antiguo,
indefenso y sin nombre,
había muerto atrapado en el desagüe.
Nadar era crecer.
Nadar para empezar a ser un hombre,
con la espalda de un hombre y la voluntad de un hombre,
con los hombros de un hombre y la verdad de un hombre,
mientras mi espalda débil, que había de sostenerme,
iba remodelando una nueva firmeza
hacia un bordillo duro y soleado,
justo donde mi padre me esperaba
para darme un pulmón de oro macizo.

2

He vuelto a nadar a ratos con mi padre.
Quizá lo razonable sería que ahora yo nadara con mi hijo,
con mi verdad de padre, que ahora le enseñara que nadar
no es sino evadirse de lo ajeno,
liberarse en el agua
para también ser agua y renacer
en el extrarradio de uno mismo.
Quizá algún día lo haga.
Ahora, al menos, nado con mi padre,
aunque muy pocos días, quizá uno o dos al año,
y ese hijo invisible que navega en el silencio de nuestras conversaciones
es sólo una calma melodiosa, es un rumor de agua que nos limpia
de una sequedad muy de diario, de nuestras manos grandes
de hombres acostumbrados a nadar
sin eludir el pulso a la corriente.
Poemas de Joaquín Pérez Azaustre
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