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RESIDENCIA DE ESTUDIANTES


Fueron los dos veranos de la conspiración.
Me había confabulado con un hombre invisible
que habitaba ya dentro del espejo
y había previsto el paso de mi paso en la tierra.
Abría la ventana y las contraventanas
de mi cuarto encendido, y había una cortina
de chopos derramados en la lluvia caliente
junto al sendero antiguo del canal.
La transitoriedad tiene estos guiños:
podía atarme a la mesa y escribir
la primera novela, en una habitación,
quizá donde una vez brillara el mar dormido
después de una comida hablando del gin-tonic
como enciclopedistas. Pero ella despertó
después de aquella siesta, y ya se había marchado
para no volver más, aunque volviera.
Y yo mientras vivía y escribía.
Durante dos veranos. La vida en dos veranos
mientras tu propia vida adelgazaba
al otro lado tenue de una llamada corta,
con toda la familia celebrando mi santo,
reunida para mí lejos de mí,
brindando con un vino
que era también mi sangre apelmazada
para todos vosotros: mi sangre de escritor
demasiado lejana de mí mismo,
de tu casa y de ti. Aquí, mientras, dormía
en una fiesta cósmica y secreta
el sueño de unos hombres que no éramos nosotros.
Poemas de Joaquín Pérez Azaustre
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