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LOS ÁNGELES DEL MAR


    Los ángeles del mar, cuando llega la noche,
    arrastran suavemente a los ahogados
    hasta playas amigas,
    y allí limpian sus cuerpos de algas y medusas
    y peinan sus cabellos con esmero
    para que no parezcan tan difuntos
    y sus madres, al verlos,
    no piensen en la muerte.
    A veces depositan sobre sus pobres párpados
    dos sestercios de plata recogidos
    de algún pecio profundo
    para borrar el miedo de sus ojos
    y que el asombro vuelva a sus pupilas,
    o ponen en sus manos caracolas y pétalos
    como si fueran niños que dormidos
    quedaron en sus juegos.
    Finalmente, con leves movimientos,
    abanican sus rostros muy despacio
    y ahuyentan de sus labios las últimas palabras
    dejándoles tan sólo los nombres de mujer…
    Casi siempre suplican a los altos querubes
    que trasladen sus almas con cuidado,
    porque el mar dejó en ellas
    salobres arañazos,
    golpes de barlovento, heridas abisales,
    y en el más largo instante
    vieron como sus vidas se alejaban, se hundían,
    en el temblor callado de las aguas,
    y con sus vidas iba su memoria,
    y en su memoria todo cuanto amaron
    o pudieron amar,
    y su dolor fue grande…

    Cumplida su misión, vuelan los ángeles
    hacia las blancas ínsulas del sueño,
    y los ahogados quedan
    solitarios y espléndidos
    en sus dorados túmulos de arena,
    serenos como dioses,
    dignos en su derrota,
    esperando que nazca la mañana,
    que les cubra la luz,
    que jamás les alcance
          el frío del olvido.


    (De Cuaderno de los acercamientos)
Poemas de Antonio Porpetta
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