Estás en > Mis repoelas > Colaboraciones

Novelas románticas de Brianna Calum
 
 

Primer capítulo de ...
"El guardián de mi corazón"

Leer el prólogo de la novela
Ian mantenía su concentración en el combate, pero era por completo consciente de un enorme par de ojos que lo observaban. Unos hermosos ojos pardos, bordeados de largas y espesas pestañas. Los sentía clavados en su nuca; podía percibir con claridad la fuerza y el calor de aquella mirada posada sobre él.
Sabía que ella estaba allí, escondida detrás del cobertizo. Tal como ocurría cada mañana, cuando él entrenaba, ella se había escondido en ese lugar para observarlo.
portada de el guardían de mi corazón, novela de Brianna Callum
Una sonrisa pugnó por dibujársele en los labios cuando dejó que su mente vagara por la dueña de aquellos ojos… Kate, la pequeña Katherine; esa diablilla que era tan revoltosa como hermosa.

Katherine se había convertido en su sombra casi desde que ella había aprendido a caminar, y lo había hecho bastante rápido además. Cualquier intento de privacidad se veía truncado con aquella muchachita y, en más de una ocasión, él y Cameron habían tenido que hacer acopio de toda su paciencia para no echar a empujones a la pequeña entrometida.

Cuando eran niños de once o doce años y Kate solo tenía dos o tres, claro que les molestaba ser perseguidos por una bebé que insistía en querer participar de los mismos juegos que ellos; pero ni hablar de lo fastidiosa que se había tornado aquella situación, cuando ellos se habían convertido en muchachitos de dieciséis o diecisiete años. Ellos habían tenido que hacer toda clase de trucos para escapar, sin ser vistos por Katherine, para ir en busca de diversión en los brazos de alguna aldeana bien dispuesta.
Los años habían pasado; Cameron e Ian se habían convertido en hombres, y la molesta muchachita se había transformado en una bonita mujer de dieciocho años. Los hábitos no habían cambiado y allí estaba ella, a unos cuantos metros de él, observándolo, tal como siempre había hecho.
Al parecer, las cosas no cambian, pensó Ian. Aunque de inmediato se preguntó si esa afirmación era completamente cierta, puesto que presentía que en el último tiempo algo había cambiado, pero en él…
La presencia de Katherine lo perturbaba, tal vez más que antes todavía porque, de alguna manera, ahora se sentía increíblemente feliz de saber que ella estaba cerca para mirarlo a él; pero al mismo tiempo, ese sentimiento lo inquietaba.
—¡Maldición! —masculló Ian, al sentir la hoja de Cam demasiado cerca de su oreja. El incidente lo obligó a apartar sus pensamientos de un plumazo.
—Estás muy distraído, Ian. Será mejor que por hoy dejemos el entrenamiento; no quiero ser el responsable de que pierdas un pedazo, querido amigo —dijo Cameron. Bajó la espada con cautela hasta clavar la punta en el suelo, para luego apoyarse, con despreocupación, en la empuñadura de hierro labrado con intrincados diseños.
—Creo que estás en lo cierto, hoy, eh… —prefirió no dar más explicaciones—. Vamos por un buen desayuno, ¿quieres? —sugirió con intenciones de que su amigo no indagara en las razones de su estado de ánimo.
—Vamos —asintió Cameron, aunque de inmediato añadió—: mientras damos cuenta a unos huevos revueltos con tocino y abundantes panecillos, podrás decirme qué es lo que tanto te preocupa.
—No me sucede nada —mintió Ian. Carraspeó antes de soltar la primera excusa que cruzó por su mente—: Tal vez se deba a que me siento cansado —al decir aquello, miró distraídamente hacia otro lado. Podría haberse dado golpes contra la pared. Su amigo, que muy bien lo conocía, jamás creería semejante bobada.
Tal como Ian imaginaba que sucedería, Cameron soltó una estruendosa carcajada.
—¿Cansado tú? —preguntó con tono irónico, mientras lo observaba con una ceja enarcada—. ¡No, hombre! —negó con la cabeza—. Deberías haber buscado una excusa mejor si tenías pensado evadirme. Ahora solo has logrado despertar más mi curiosidad.



—¡Demonios! —gruñó Ian entre dientes, mientras se encaminaba a paso vivo hacia el castillo.
Ian había elegido muy mal las palabras, solo que se había percatado demasiado tarde. Él jamás se había quejado de estar cansado, ni aún, cuando lo había estado. Tenía una fuerza de voluntad y un espíritu tan aguerrido y orgulloso, que le impedían mostrar alguna debilidad; ni siquiera algo tan humano como el cansancio físico después de horas de trabajo, y eso, Cam lo conocía de sobra.
Otra carcajada, más estruendosa que la anterior, resonó a sus espaldas. Ian no se giró, y eso alentó más a su amigo, quien se moría de ganas de saber qué era lo que le sucedía.
Cam, sin dejar de reír, corrió hasta acercarse a su lado y le pasó un brazo sobre los hombros. Ian se sacudió para sacárselo de encima, y le echó una mirada furiosa.
—¡Uy! ¡Esto debe ser muy, pero muy bueno! ¿Algún lío de faldas, tal vez? —arriesgó—. ¿Alguien que yo conozca? —intentó ahora.
—¡Ya, Cam! Déjalo de una buena vez —masculló—. No voy a decirte nada —declaró Ian con decisión; luego añadió en un murmullo—: Si ni siquiera yo sé qué demonios es lo que me sucede.
Ante esas palabras, Cameron solo pudo sorprenderse. Notó que Ian, de verdad, parecía bastante desconcertado; entonces decidió ya no molestarlo. O por lo menos durante un rato, pensó.
No obstante, Cameron se dijo que se dedicaría a observar a su amigo. Suponía que si Ian bajaba la guardia, en algún momento dejaría ver qué era lo que tanto lo intranquilizaba. Por lo pronto lo dejaría refrescarse, y él iría a hacer lo mismo.
—Está bien, Ian. Si no quieres hablar —se alzó de hombros—, no hables. Iré a cambiarme de ropa —anunció. Se había alejado unos pasos, se volvió hacia su compañero, y agregó—: No hace falta que te diga que si quieres hablar, aquí estoy.
Ian asintió con la cabeza, entonces Cameron lo dejó en el patio, y se encaminó hacia la entrada de la enorme fortaleza de piedra gris.
Una vez que estuvo solo, Mc Dubh se lavó bruscamente las manos y el rostro en el pozo que estaba en el patio.
Quería dejar de pensar.
Introdujo la cabeza en el agua fría; deseaba que aquello lo despejara.
Quizás debería enfriar otras partes, pensó. ¡Idiota, idiota, y mil veces idiota! Se recriminó a sí mismo, mientras contenía la respiración bajo el agua.
Tengo que dejar de pensar en ella. ¿Será que estoy enloqueciendo? Levantó la cabeza para tomar otra bocanada de aire, y luego la volvió a hundir en el agua. ¡Maldito estúpido!
Ian sabía que estaba sintiendo cosas por Kate. Hacía ya un tiempo que había dejado de verla como a una niña. Esa mujercita le erizaba la piel tan solo al estar cerca de él, ¡y qué decir de ciertas partes de su anatomía que con solo pensar en aquel cuerpo voluptuoso cambiaban de tamaño dolorosamente!
¡Será mejor que vaya a descargarme con alguna mujer, o explotaré! refunfuñó mentalmente; pero antes de terminar de elaborar esa idea, la descartó de plano. Ya lo había intentado varias veces en los últimos meses, y siempre con el mismo resultado frustrante. Sí, claro que lograba encontrar alivio a su cuerpo desesperado, pero eso no hacía más que acrecentar su deseo insatisfecho por ella.
Ian empezaba a odiarse a sí mismo por tener la osadía de profesar sentimientos de toda naturaleza hacia Kate. Era dolorosamente consciente de que haber vivido gran parte de su vida en el castillo, haber sido acogido por los McInnes y haber sido criado como un hijo más, no cambiaba sus orígenes humildes. Él seguía siendo lo que era al momento de su nacimiento; un plebeyo.
Sentía que él no era digno, siquiera, de tocar el dobladillo de la falda de Kate, porque de ninguna manera estaba a la altura de la hija del laird. Comprendía, más que bien, que ella estaba destinada a casarse con algún hombre poderoso y con fortuna, y él no tenía absolutamente nada para ofrecerle.
Amor. Claro que podía ofrecerle amor, tan solo si él fuese alguien de su mismo nivel. Pero por respeto a la familia que lo había protegido, y por respeto y cariño a ella… un cariño demasiado profundo, en realidad; Ian jamás sería capaz de condenar a Kate a atarse al simple hijo de un carpintero cuando ella podía tener a un gran señor; a un laird, que le ofreciese todo cuanto él no le podía dar.

—¿Acaso piensas ahogarte? —susurró, divertida, una dulce voz femenina a su lado.
Ian, no sin sentirse avergonzado, sacó la cabeza del pozo, y echó su cabello hacia atrás. Ese movimiento envió una cortina de agua helada a su espalda que le provocó una sucesión de escalofríos a través de la espina. Entrecerró los ojos un instante, mientras se reprochaba mentalmente que justo fuera ella quien lo encontrara en tales condiciones; como un completo idiota.

—Solo estaba lavándome un poco —intentó justificarse—. Cameron y yo estuvimos entrenando y, bueno, me había sudado y… —se alzó de hombros, y volvió a reprocharse. ¿Desde cuándo él daba tantas explicaciones?
Ian emitió un gruñido de frustración y ella, preocupada, de inmediato alzó una ceja.
—¿Ian, te sientes mal? —le preguntó. Avanzó los pocos pasos que la separaban de él, y acercó su mano a la frente masculina para tocar la piel aún húmeda—. ¿No tendrás fiebre, verdad?
Ian bufó.

No sé si tengo fiebre o no, ¡pero maldición que estoy ardiendo! pensó ofuscado, y se apartó de ella sin más; no sin antes percibir aquella corriente que los había atravesado a ambos cuando habían estado en contacto.
—Estoy bien —su voz sonó más brusca de lo que él hubiese querido, pero en ese momento nada parecía funcionar de la manera deseada; ni su cerebro, ni su anatomía.
—Lo siento. No quería molestarte, Ian —se disculpó ella, con voz herida, y bajó la mirada hacia el suelo polvoriento.
Ian se arrepintió al instante de haberle hablado a Kate con brusquedad. Él siempre había intentado hablarle a ella con suavidad, aún en esos momentos en los cuales hubiese deseado ahorcar a la muy entrometida.
Podía recordar varias de aquellas situaciones embarazosas, por ejemplo, cuando hacía aproximadamente cuatro años atrás, Kate lo había seguido hasta el bosque. Él estaba muy meloso con una de las muchachas de la cocina, cuando ella apareció.
Ian de inmediato se había dado cuenta de que Katherine había llegado, aunque ella no había hecho ningún ruido, o tal vez sí, pero Ian no lo registraba en sus recuerdos. Lo que Ian recordaba, era el percibir con claridad la presencia de la muchacha. Había sentido la fuerza de su mirada parda posada en su espalda y, con eso, una sensación extraña… ¡Qué lo tildaran de loco!, pero Ian podía jurar que ese día había sido capaz de sentir en su alma, el dolor de Kate.
Ian se había apartado de su casi ocasional amante, ya que no había sido capaz de acabar lo que había iniciado y, después de ayudar a la muchacha a acomodarse las ropas, le había pedido que regresara al castillo.
Él había permanecido en el lugar, recostado contra un serbal y con los ojos cerrados; se encontraba apabullado por las cosas nuevas que había empezado a sentir por Katherine, y por la extraordinaria conexión que su alma tenía con la de ella.
Su sexto sentido no debía sorprenderle en realidad, puesto que le había sido legado el don de la percepción gracias a su herencia celta… tal como lo poseyeran los antiguos druidas. Y si bien Mc Dubh no era un hombre que practicara la magia, el don estaba presente en su esencia, y se había manifestado ante él en diferentes situaciones a lo largo de su vida, como en esa situación en particular…
Ian había podido imaginar a Kate, tal como si en realidad ella hubiese estado frente a sus ojos. En su mente la vio escondida detrás de unos arbustos tupidos, con el rostro cubierto de lágrimas y su cuerpo agitándose por el llanto, mientras ella hacía un esfuerzo descomunal por no ser oída. Había sido tal la conexión que sus almas experimentaron, que él mismo había derramado algunas lágrimas también.
—¡Soy un bruto! Lo siento. Pero de verdad Kate, no me sucede nada —dijo, ahora más tranquilo, una vez que había apartado aquellos recuerdos de su mente.
Al oír sus palabras, Kate pareció recuperar un poco la alegría, al menos, había levantado la cabeza y lo miraba con esos enormes ojos de color extraño: una mezcla de marrones con algo de verde y una pizquita de gris. Ojos que a él, últimamente, lo atormentaban demasiado; durante el día en sus pensamientos, y durante la noche en cada uno de sus sueños.
—Iré a las cocinas a tomar un desayuno, ¿vienes conmigo? —Le preguntó él para cambiar de tema, y a sabiendas de que debería procurar alejarse de ella, pero siendo totalmente consciente de que eso a él, le resultaba cada vez más difícil.
—¡Claro! —exclamó Kate, ilusionada—. Aunque... —le dedicó una mirada significativa a su camisa húmeda y le sonrió con dulzura—: Creo que primero deberías cambiarte, porque te has hecho un lío en esa ropa, y podrías enfermar.
Ian también se echó un rápido vistazo, y comprobó que tenía un aspecto horroroso. Estaba mojado, sucio, sudado, y sospechaba que con el cabello bastante revuelto.
A pesar de su aspecto, a Kate le pareció que Ian se veía increíblemente apuesto.
—¡Demonios, estoy hecho un asco! —exclamó, e hizo un gesto de disgusto—. Iré a ponerme más presentable. Lamento no poder escoltarte hasta el castillo en estas condiciones, pero ¿me esperarás en las cocinas?
—Sí —fue la única respuesta de ella, cuando en realidad, hubiese deseado decirle que aún con esas fachas, él era el hombre más guapo que pisaba esas tierras. El corazón bombeaba como loco dentro de su pecho al contemplarlo.
Ian asintió con la cabeza, y se alejó hacia la parte trasera del castillo.
Kate permaneció en el patio. Tomó asiento en el borde del pozo de agua, y se permitió observar la imponente figura masculina hasta que desapareció de su vista, aunque de su mente, él jamás se alejaba…
Obra con derechos de Autor original de Karina Costa Ferreyra (Brianna Callum)
Hecho el depósito que marca la ley en la Dirección Nacional de Derechos de Autor.
Queda Prohibida y será penada legalmente, toda copia, reproducción y/o distribución total o parcial, literal o imitativa, de esta obra.
 


Página publicada por: